De los escépticos y la falsa imparcialidad de la ciencia I

Quiero empezar agradeciendo a Desayuno con fotones por permitirme plantear en esta serie de artículos ideas que he vivido, estudiado, y reflexionado durante los últimos 20 años de estudio e investigación en biología. Este texto ha sido revisado por más de 10 científicos y he recogido en la medida de lo posible sus recomendaciones. Soy consciente de que muchos de los argumentos son muy polémicos y serán rechazados por muchos de mis colegas, solo espero que el debate se desarrolle con respeto. Y por supuesto, no permitiré que ningún charlatán homeópata utilice mis palabras para legitimar su posición.

Empezaré con unas cuantas palabras para definir el debate que para muchos serán obviedades, pero no por ello menos importantes.

El método científico es una de las formas que ha tenido el ser humano de alcanzar la verdad y el conocimiento evitando sesgos y prejuicios. Necesitamos seguir entendiendo los mecanismos y las reglas de la naturaleza, y necesitamos seguir cultivando la Ciencia desde la razón. Razón y crítica que no solo sirven para descubrir los mecanismos de la naturaleza sino para cultivarlas en los seres humanos, haciéndonos más libres y autónomos, fundamental para una democracia saludable.

Pero el método científico, o si se quiere, la ciencia como institución, no es la única manera de crear conocimiento y acercarse a la verdad. La razón, la discusión, la creación de consenso y certezas mediante una metodología racional y una concepción filosófica materialista es también válida y necesaria.

Vivimos una época paradójica en cuanto a la relación ciencia y sociedad. Una parte de la sociedad reniega de los conocimientos adquiridos por el sistema científico mientras que otra tiene a la Ciencia como una institución, como se tuvo a la Iglesia, a la que se le confiere una autoridad excesiva. Ambas prácticas conviven incluso en las mismas personas: homeópatas montando en avión y científicos yendo a su sesión de acupuntura los jueves por la noche.

Es obvio que existen dos bandos, aquellos que reniegan del método y los que lo veneran. Pero quiero centrarme en los segundos, cuando el sistema científico, por su carácter humano, y falible, cae en prácticas pseudocientíficas, o anticientíficas, pero revestidas de autoridad y método. Esto no sería un problema más que académico sino fuese porque, sobre todo en los ámbitos de poder, cuando la ciencia “habla” no se le admite réplica, y así se está convirtiendo en legitimador de infinidad de cosas: salud, política, economía, educación, etc. Y a la Iglesia esa autoridad moral se la dieron no solo la ignorancia sino también la exclusión y la falta de esperanza. La ignorancia es un concepto muy voluble, porque ni el saber es necesariamente verdad, ni el que señala al ignorante tiene el saber y la verdad.

Lo que los científicos preguntamos, las hipótesis que formulamos, las conclusiones que sacamos, y las nuevas preguntas están históricamente condicionadas. No existe una especie de Idea hegeliana epistemológica que nos hace estar por encima de nuestras condiciones de existencia materiales y culturales. Los científicos tenemos jefes y empleados, egos, vanidades, ideología, ansias de poder, hipotecas,… La ciencia tiene que ser lo más objetiva posible, pero interpretar que ciencia es sinónimo de objetividad oculta las verdaderas relaciones sociales de los científicos con la sociedad y entre sí. Pone en peligro la necesaria confianza entre los científicos y entre estos y la sociedad.

La ciencia tiene un método que permite depurar la estafa, el problema es que el método está inutilizado por los mal llamados “sistemas de evaluación”, que en realidad utilizan un método de recursos humanos, el del torneo. Solo los investigadores que lleguen primero y más a menudo serán premiados. A todos los investigadores que pregunto y leo hacen la misma crítica: el sistema de evaluación basado en publicar mucho y rápido es una locura. Son muchas las causas y las consecuencias, intentaré humildemente desarrollarlas.

Reduccionismo

Aquí por obligaciones del guión tengo que dejar clara una cosa. El reduccionismo en la investigación es necesario desde el punto de vista técnico y también divulgativo. Es difícil afrontar problemas complejos de una manera holística, tenemos que simplificar, reducir las variables para poder modificar el sistema. El problema es el reduccionismo ideológico (filosófico si se quiere). Y el más conocido por mí es el reduccionismo genético, que ha justificado la eugenesia o el nazismo, y que sigue dominando la academia, aunque por ahora de manera políticamente correcta. ¿O es que el control del Opus Dei de los departamentos de ciencias de las universidades españolas es inocuo y pura casualidad?

La ciencia revela la verdadera belleza del mundo

Esta entrevista a Carlos López Otín en El país semanal del pasado 18 de diciembre, de la que extraigo fragmentos, me sirve como apoyo para mi crítica al reduccionismo científico imperante.

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Esta retórica divulgativa, una simplificación del concepto para que se entienda, esconde una forma de pensar y es que el lenguaje no es inocente. Cuando se explica el funcionamiento de algo tan complejo con esa metáfora reduccionista y técnica se está imponiendo un relato al lector. Por qué hay órdenes, por qué una máquina, por qué “algo” organiza, y sobre todo por qué tiene que acabar en el genoma. Eso es un prejuicio, moral e ideológico, por tanto no es inocente. La teoría de que en el genoma está escrito el destino del organismo que lo sustenta es una bonita metáfora con tintes bíblicos.

La realidad es que los elementos que hacen realidad la vida son muchísimo más que una secuencia de cuatro letras. Utilizar cuadro de mandos como metáfora lleva a cometer errores de gran calado teórico y práctico. La vida se sustenta en la interacción de multitud de elementos, muchos de los cuales no están escritos en el genoma, fundamentales y en muchos casos también “directores”. Los recientes descubrimientos sobre la regulación y las funciones del ARN de transferencia son maravillosos en ese sentido, o la complejidad no genética de la señalización a través de Pi3K. ¿Por qué, con la misma lógica reduccionista, no son las proteínas las que utilizan ADN y ARN como mensajeros? Porque en el ADN está la idea de Dios implícita, la de una entidad material con atributos divinos.

Lo mismo pasa con las teorías evolutivas en boga, proyectan una ideología, política al fin, sobre la evolución, la ecología o la etología como bien explica Comando Glucosa, que no es otra que la del individualismo y la competencia. De nuevo una proyección ideológica sobre una teoría natural.

Uno de los “revisores” de este artículo me decía que si la crítica al reduccionismo biológico de Lewontin no estaba anticuada. Y el otro día me topo con esta entrevista a Manuel Ansede en El país: “Los cerebros de hombres y mujeres son diferentes, igual que las mamas” No negaréis que el titular es de traca, periodismo ciencicuñao de nivel, hoygan. Pero la chicha está en el contenido de la entrevista, que no tiene desperdicio:

“En los próximos años se podrá saber de manera inmediata cuáles de las 200 o 300 mutaciones que todos llevamos encima son potencialmente patológicas. Una vez que tienes esa información, si entiendes bien cómo se desarrolla el cerebro y sabes cómo cada una de esas mutaciones va a afectar a tu trayectoria desde muy temprano, podríamos predecir hacia dónde se va a dirigir tu cerebro.”

Esa afirmación, más viniendo de un neurocientífico de su talla, que dirige el Centro de Trastornos del Neurodesarrollo en el King’s College de Londres, con 150 personas a su cargo, es una barbaridad anticientífica que no se sostiene y que responde a una ideología reduccionista y que pone al libro de Lewontin de actualidad.

Y este reduccionismo biologicista no es ni inocente ni inocuo. Por ejemplo, hace que investigadoras justifiquen mediante explicaciones cientifistas la desigualdad de género evidente en las cadenas de mando del sistema científico. Por ejemplo el que es la testosterona la que lleva a los hombres a tener ventajas gracias a su mayor agresividad, o que es la oxitocina la que hace a la madre ser la responsable de la crianza y los cuidados. De este modo, como antaño con la frenología, se legitima con la ciencia un sistema desigual e injusto, ¡donde se comparan la formación de las mamas y el intelecto!

Biólogos más sensatos recurren a la epigenética para conciliar que en el análisis más optimista la herencia podría explicar un 40% de la personalidad. En mi opinión, la epigenética aquí se convierte en otro atajo reduccionista ya que la consciencia no puede ser reducida y explicada por sus elementos moleculares, y por tanto no podremos modificar nada que nos de un determinado estado de consciencia a nuestra “imagen y semejanza”. Pondría la mano en el fuego porque las asociaciones estadísticas entre una secuencia génica y un rasgo de la personalidad es un artefacto. Y he dicho rasgo y no patología.

Por tanto las redes neuronales que de alguna manera determinan la consciencia (cultura, inteligencia) no están determinadas genéticamente. Necesitan, sí, determinadas secuencias genéticas así como procesos bioquímicos no determinados genéticamente (ácido fólico, priones) que si fallan no se generará la consciencia “normal” (campana de Gauss), pero lo contrario no es cierto. Por ejemplo, el que la falta de un gen (una mutación) lleve a una determinada anomalía cerebral no quiere decir que ese gen sea el responsable de esa función.

Escépticos a media jornada

Permítanme una metáfora. En mi pueblo, profundamente religioso, tenemos un aceite de oliva excepcional, adictivo (sic), ya que regamos los olivos con aguas residuales sin depurar (cosas del “socialismo chavista” andaluz). Este agua de riego contiene tres elementos: agua bendita, productos homeopáticos y fármacos antidepresivos. Estos son tres productos que al fin y al cabo provienen de la desigualdad, los dos primeros son fruto de la falta de saber (ignorancia) y el tercero de una pseudociencia, la farmacéutica, como explico en este artículo. Los 3 elementos, agua bendita, homeopatía y antidepresivos son criticados y sobre todo vilipendiados de manera muy desigual por el establishment científico o los llamados escépticos. ¿Estamos de acuerdo en que hay una desigualdad evidente en el peso de la crítica que se hace a la religión clásica, a la homeopatía, o a las prácticas farmacéuticas sin rigor científico?

Llamaré escépticos acríticos a todos aquellos que se dedican a atacar y desmontar las pseudociencias únicamente cuando no vienen del sistema científico, mientras que hacen caso omiso de la pseudociencia propia de un sistema, el científico, plagado de prácticas cientifistas, cuando no directamente pseudocientíficas, además de corrupción y explotación.

Según la RAE, el cientifismo es la “doctrina según la cual los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual y moral sin excepción”. Esa es la definición de la RAE. Pero yo ampliaría esta definición. Cambia “método científico” por toda teoría o cachivache que surja de la producción del sistema científico. Por “científico” tenemos que entender también técnico, por ejemplo transgénicos o energía nuclear. Por “vida intelectual y moral” debemos entender TODOS los ámbitos de nuestra vida, también la filosófica y la salud en todas sus vertientes. “Sin excepción” quiere decir que al oponerte a eso serás tildado de magufo.

Para un cientifista la ciencia es la única posibilidad de conocimiento y de desarrollo. Todo aquello que no surja de la misma será dudoso. Y al contrario, todo lo que venga del “mundillo” podrá ser utilizado para justificar medidas políticas, económicas, sociales o ambientales. Porque como en la ciencia está la verdad, también estará la salvación. La política (ética, sociología), una ciencia “blanda” que no tiene capacidad predictiva, pasa a ser una pseudociencia más, en manos de subjetividades, no como las ciencias duras, como si estas fueran omniscientes y objetivas, aunque pocos reconozcan abiertamente que lo sean.

La pseudociencia y el cientifismo tienen algo en común: ni utilizan el método científico para sacar sus conclusiones, ni son razonables en sus conclusiones.

Así, a menudo desde la ciencia se intenta explicar el origen bioquímico del amor o la consciencia. Defender la memoria del agua, la medicina cuántica, la bioquímica del amor o la inmortalidad (tan cinematográfica) son en todos los casos falta de escepticismo, donde todo debería poder ser puesto a prueba, pero de nuevo, criticados y atacados de manera desigual.

Mejor lo dejamos aquí por ahora. En el próximo artículo hablaré del peligro del cientifismo sobre la democracia.

Referencias utilizadas no organizadas particularmente

Libros

  • No está en los genes de Lewontin.
  • El autoritarismo científico de Javier Peteiro Cartelle.

Me disculpen los autores si he plagiado.

9 Respuestas a “De los escépticos y la falsa imparcialidad de la ciencia I

  1. Una reflexión profunda e interesante,al menos da en qué pensar aunque no esté de acuerdo en el 100%.
    Gracias por ello.

  2. Aún no he leído el artículo completo, porque probablemente estemos muy de acuerdo con el asunto de que la ciencia es falible y tiene margen de mejora, y no es el único modo de conocimiento, y probablemente todo lo demás si sigue por esa senda.

    Solo voy a centrarme en el titular: no es cierto que “los escépticos” no se den cuenta de esos problemas. Al menos, en mis humildes intentos de divulgación siempre intento dejar claros esos asuntos (ejemplo práctico aquí: https://youtu.be/p7ZGdwYG8Qk?t=39m35s disculpad la calidad del sonido).

    La ciencia es falible y se sabe falible. Es una de sus premisas: siempre está en constante autocorrección. No solo sistemáticamente (dado que sus herramientas mejoran y permiten mejorar resultados), sino estructuralmente, detectando problemas como el “publish or perish” del que hablamos a menudo, los abusos que se hacen por parte de la mala ciencia, y un largo etcétera, como la crisis de replicabilidad: https://www.youtube.com/watch?v=EyRY0qMkHo8&feature=youtu.be&t=1h2m27s

    La ciencia no es el único modo de conocimiento. Pero de todos los métodos que tenemos para interrogar a la realidad, es probablemente el que resulta más eficiente para minimizar los sesgos humanos. Minimizar no es eliminar. La ciencia la hacen los humanos, la interpretan los humanos, la consensúan los humanos. Incluso el estudio mejor hecho se puede ir por la borda por interpretaciones sesgadas de los resultados. De ahí la necesidad de metaanálisis y demás herramientas de revisión de sus propios resultados.

    Así que, a falta de terminar de leer con calma y consideración el resto del artículo, creo que puedo adelantar que “los escépticos” (y siempre insistiré en que escéptico solo se puede pretender ser, porque venimos mal cableados de fábrica y todos somos crédulos en algún contexto, sobre todo cuando las cosas nos suenan bien) tratamos a la ciencia con el mismo espíritu crítico que a cualquier otra cosa donde un humano pueda estar distorsionando la realidad. Basten los ejemplos anteriores como prueba de que ocurre, a pesar de lo que algunos insisten.

    Un saludo.

  3. Muy interesante.
    Creo que vale la pena discernir en dos partes eso que llamamos “la ciencia” (que obviamente no existe como tal, y es parte de ese reduccionismo).
    Pero, usando dicho concepto, deberíamos separar dos tipos de “ciencia”:
    Aquella que se encarga de “las cosas” (la astronomía, la física cuantica, la cosmología, la teoría de las cuerdas… por dar unos ejemplos tontos), y la que se encarga de “la gente” (la medicina, la biología, la genética, etc. etc.)
    Ambas coinciden en su “método científico”, procuran la verdad, son puestas a prueba y falsadas si es posible, pero sus efectos, sus riesgos, su capacidad de “daño colateral” (por decirlo de algún modo) son muy distintos.
    Ejemplo:
    Si un científico se equivoca en calcular la velocidad de los neutrinos, pasará a la historia de las anécdotas curiosas, y punto.
    Si un científico se equivoca en estimar los riesgos del uso de la talidomida pasará a la historia de los horrores humanos, y dejará lisiados a millones.

    Por lo tanto, cuando se habla de confiar o no en “la ciencia”, de vigilarla y de juzgarla, creo que esa diferencia puede ser parte de la solución… o del problema.
    Debemos ser especialmente cuidadosos, escepticos y racionales a la hora de confiar en “la ciencia de la gente”.
    Lamentablemente, el común de los mortales no tenemos ni las herramientas, ni los conocimientos ni el tiempo para hacerlo, y por lo tanto debemos “confiar” en quienes nos dicen que está todo bien.
    Allí está el meollo del problema.

    • Me ha parecido muy interesante tu apreciación, no lo había pensado de este modo.
      De hecho, si te fijas, no he escrito nada de salud, la ciencia “de la gente”, cuando es “de lo que más sé” y de lo que más notas tengo. Pero necesita una aproximación un poco distinta.
      También está el tema del negocio, lo de los neutrinos no creo que de pasta, lo de la talidomida dió mucha.

  4. Ya he podido revisar el resto del artículo. Me quedará por leer la segunda parte, pero voy a por lo que he leído.

    Como comentaba anteriormente, estoy prácticamente de acuerdo en todo. Le doy algunas pinceladas rápidas aquí y allá a cosas que me vienen a la cabeza.

    Recuerdo una vez que un profesor comentó que estamos tan acostumbrados a lo políticamente correcto que no sabía qué pasaría si se hiciera un estudio científico serio que concluyera, por ejemplo, que los hombres son más listos que las mujeres. En ese sentido es totalmente cierto que somos hijos de nuestro tiempo y cargamos con nuestras tendencias y limitaciones sociales, que proyectamos en todos los ámbitos (no solo en la ciencia; en la literatura, la música, el cine… “La vida de Brian” habría sido imposible hoy). Pero hay detalles que se pueden comentar, como las explicaciones sobre tendencias biológicas por sexo, que pueden ser perfectamente rigurosas y válidas, y no por ello significar que “las cosas tienen que ser de una determinada forma porque somos monos y viene escrita así”. Puede significar “en nosotros los monos viene escrita así, pero la superamos con nuestro intelecto”. Y no hace falta rasgarse las vestiduras ni usarlo para defender ninguna tesis nazi. Eso suponiendo siempre que el estudio está bien hecho, porque ya lo comentas y yo lo repetiré siempre: la ciencia está hecha por humanos, la interpreta humanos, la utiliza humanos. Siempre será falible y propensa a mejora.

    Y sin embargo, esto se aplica también a todo tipo de conocimiento no científico, con el agravante de que en ellos ni siquiera hay un intento (por imperfecto que pueda ser a veces en la ciencia) de reducción de dichos sesgos. Por eso, aunque se busque la objetividad pero se sea consciente de que es un objetivo ideal, difícilmente una realidad, cuando la ciencia “habla” se le puede entender como “esto es lo que la metodología menos propensa a errores de todas las que tenemos para interrogar a la Naturaleza propone a día de hoy”. Puede fallar, por supuesto, pero si ella falla, imagina el resto.

    Sobre el reduccionismo, poco que añadir, más que puedo entender las limitaciones periodísticas para extenderse en ocasiones con el rigor necesario y, a la vez, pretender que el común de los mortales te entienda. Aún recuerdo la vez que una periodista me recomendó «mejor que “reportes” di “informes”». Y luego hay que contar con que el periodista diga lo que tú dijiste, pero eso es otra historia… Con todo, no quito que algunas “gurúadas” en preguntas como “¿cómo ves tu área en 100 años?” no se salde con ciencia ficción, que es exactamente lo que es una predicción cualquiera a 100 años en ciencia (a veces, quedándose cortos con esas fantasías).

    ¿Se puede explicar el amor o la consciencia desde la ciencia? No veo por qué no, y el trabajo de gente como Sacks a la hora de entender cómo vamos perdiendo funciones con lesiones de ciertas áreas cerebrales parece dejar claro que lo que “somos” es el resultado de un comportamiento emergente de tipo estructural. No hay necesidad de recurrir a un “alma inmortal” que nos elija al nacer, o cosas así. Hay gente incapaz de amar, hay personas (¿personas?) en muerte cerebral. No digo que la explicación sea necesariamente sencilla (no voy a pecar de reduccionismo), pero por complejísima que sea (estructuras dinámicas no lineales con sistemas de comportamientos caóticos que terminan generando comportamientos emergentes del estilo hormiga/hormiguero), no hay necesidad de nada no natural detrás del fenómeno. Y si es natural, es interrogable precisamente mediante la ciencia. ¿Le resta eso belleza? Pues a Feynman y sus diatribas sobre la belleza de la flor me remito. Como músico, no me resta un ápice de la “magia” de la música saber que, por detrás, todo lo que ocurre es matemáticas, física, biología, bioquímica… De hecho, le suma varias capas de belleza, desde mi perspectiva.

    No estoy de acuerdo en que los escépticos hagan caso omiso a este tema (arriba tenías un par de ejemplos), o no lo tengan en la misma consideración que otros problemas. Sí es cierto que hay una asimetría en la divulgación al respecto, pero hay un motivo importante: de los problemas internos de la ciencia pueden, y deben, encargarse los propios científicos. Ellos han detectado el problema (no ha venido un naturópata a señalarlo), ellos ven perfectamente las causas, y ellos pueden establecer las medidas para corregirlo. Podrán pedir la ayuda política o social que sea necesaria, y a buen seguro se les dará. Habrá inercias sociales como en cualquier ámbito en el que se anquilosan los incentivos perversos, pero son salvables. Hay un problema (o varios problemas), todos reconocidos, detectados desde la propia ciencia, y se puede solventar (y se deben, y se están haciendo movimientos en ese sentido).
    Ahora comparémoslo con “cómo está el patio” en el otro sentido: pseudociencias campando en hospitales y universidades con la excusa de “lo integrativo”, desde manifiestos fraudes como el reiki a sectas letales como la bioneuroemoción. ¿Quién se está quejando de esto?
    Si quitas a los escépticos, seguirás encontrando a científicos señalando los problemas de la ciencia, pero probablemente no les verás señalar que las “terapias cuánticas” son un fraude, por el simple motivo de que lo consideran tan irrisorio que no lo ven ni siquiera como algo digno de mención, y esto es lo que se me ha comunicado desde organismos oficiales a los que está costando convencer de que en su silencio crecen monstruos que matan gente.

    Así que sí, hay una asimetría de divulgación, que responde a una asimetría de capacidad de respuesta ante los problemas, igual que en un incendio forestal se puede echar una mano a los bomberos pero poco más, mientras que en una persona quemándose a lo bonzo tu contribución es mucho más decisiva.

    Por cerrar el comentario, y como siempre hago cuando tengo la ocasión: apoyad la iniciativa http://www.alltrials.net para la lucha contra la mala ciencia en ensayos clínicos.

    Vamos a por la segunda parte.

  5. Siendo una persona ajena al mundo científico, yo me inicié en este debate con el libro: Principios elementales y fundamentales de la filosofía (Georges Politzer).
    En su artículo encuentro:
    – denuncia de elementos de coacción a los procesos científicos y la deformación que conllevan.
    – denuncia de elementos de hegemonización de la percepción de la ciencia en la población orientados a supeditarla al idealismo (como corriente filosófica).
    – denuncia de la dogmatización de las conclusiones científicas obviando que, como toda actividad humana, la ciencia es tambien circunstancial. En consecuencia, la extrapolación anti-dialéctica (¿mecanicista?) de estas doctrinas a otros planos de la sociedad.

    Es perfectamente posible que me equivoque, dada mi limitada comprensión de estos asuntos. Pero tengo la impresión de que seguimos embarcados en la vieja batalla idealismo versus materialismo dialéctico. Batalla con evidentes fines políticos en una época histórica, la nuestra, en la que ya claramente están sometiendo a este último a sus intereses.

    Un vistazo a cualquier panel de control (y copio la expresión) de un Business Intelligence dejará bien claro que se reservan a Diós exclusivamente para temas de divulgación.

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