Diario de una residente de radiofísica (7 de marzo de 2018)

Hopital de la Santa Creu i Sant Pau, Barcelona, 7 Marzo de 2018

De vuelta a Barcelona, aunque no con el buen tiempo que se esperaría, me estoy preparando para afrontar el final de una etapa que se ha hecho mucho más corta de lo que nunca podría haber imaginado. Quedan dos meses para conseguir engañar a mi subconsciente e intentar no dejarme ganar por esa sensación de “sólo se que no se nada” antes de dar un paso para adelante y abandonar la etapa de residente para (espero) empezar una nueva como especialista. Pocas cosas quedan ya oficialmente por hacer más allá de unas vacaciones de Semana Santa, un congreso de la ESTRO, alguna que otra celebración e intentar cerrar todo lo que queda pendiente por acabar en mi hospital.

Estos últimos meses los he dedicado a Protección Radiológica donde, entre otras lecturas igual de entretenidas, me he peleado con la norma DIN 6847-2 (debo decir que objetivamente ha ganado ella). Lo que a primera vista parece una lectura digerible de unas pocas páginas ha acabado con mi paciencia y mi confianza en ser capaz de medir una distancia dos veces del mismo modo sobre el plano de un edificio. Visto en perspectiva, al entrar por primera vez en un búnker nunca debería haberme fijado en el acelerador que hay dentro como la “masterpiece” del proyecto. El arte escondido detrás de cada centímetro de hormigón baritado debería haberme indicado que era justamente en las paredes donde algún físico había dejado enterrada parte de su alma junto con una copia pintarrujeada de la norma.

Otro tema que tenía pendiente era la braquiterapia. Para aquellos que no lo sepáis la braquiterapia es la parte de la Física Médica a la que los físicos sensatos tenemos pavor mientras que los especímenes morbosos y escabrosos esperan fervientemente desde el momento en que oyen hablar de ella. Para mí, la idea de ver partes del cuerpo sistemáticamente perforadas por agujas que no le desearía a mi peor enemigo no era algo apetecible. Y, por si el imaginario fuera poco, la idea de hacerlo sumergida en un ambiente de quirófano, con temperaturas gélidas y ropa de papel, me lo presentaban menos apetecible aún. He aquí mi cara de pánico antes de entrar a mí primer implante de semillas de próstata (siempre bajo la supervisión de mi “exRmayor” ante posibles desmayos no deseados).

Debo decir que la experiencia no fue tan espantosa como me había imaginado y que peores cosas había visto a lo largo de mi residencia. Aún así, no creo que llegue el día en que me despierte por la mañana y decida que me apetece ver un implante de semillas en vez de la última película de Quentin Tarantino. Mirar lo mínimo e indispensable se ha convertido en mi modo de supervivencia. Esta estrategia me sirvió también durante mi rotación al ICO, en la que me pasé tres semanas aprendiendo braquiterapia en sus mil modalidades. Durante la rotación también entré en contacto con la radiocirugía y la radioterapia intraoperatoria.

Y aunque oficialmente y según mi programa formativo poco queda ya por ver, cada día que pasa tengo la sensación que necesitaría más tiempo para aprender. La pelea del cuarto año lleva ya tiempo encima de la mesa pero no solo se trata de eso. Es más bien como la sensación que te invade la semana antes de un examen, ese miedo que te llevaría a pedir una semanita más eternamente, aunque sepas que, seguramente, estas preparado.

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